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ACTIO 2/2018

Está en: Revista ActioNúmerosACTIO 2/2018

Jesús González Requena

Doctor en Ciencias de la Información (Comunicación Audiovisual) y licenciado en Psicología y Comunicación Social. Catedrático de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, España. Presidente de la Asociación Cultural Trama y Fondo de España.

jgonzalezrequena@gmail.com

gonzalezrequena.com

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Intimità, identità e maschera

Riassunti

L’articolo tratta dell’essere della maschera; la spiegazione si svolge tramite la fenomenologia dei modi di vestire e di truccarsi, trovandone i luoghi comuni: da una parte il velo, il vestito e il costume, e dall’altra,in modo corrispondente, il viso, il corpo e le sue passioni.

In seguito, si mette a considerazione la dialettica fra la maschera-maschera e il viso – maschera, la maschera che nasconde sé stessa per farsi avanti come l´identità. Si riflette, finalmente, sul rapporto essenziale fra la maschera e l’intimità mettendo in evidenza che la maschera è la condizione materiale di possibilità dell’intimità.

La conclusione riguarda l’atto dell’amore in cui qualcuno offre ad un altro l’accesso all’intimità, quella che la maschera ha infatti reso possibile.

PAROLE CHIAVE: filosofia, psicoanalisi, antropologia, identità, maschera, identità

Intimidad, identidad y máscara

Resumen

Este artículo versará sobre el ser de la máscara, que será desplegado por la vía de una fenomenología de las formas del vestirse y del disfrazarse, en las que comparte un común territorio con el velo, la ropa y el disfraz, tanto como sus contrapartidas; el rostro, el cuerpo y sus pasiones.

Se analizará a continuación la dialéctica entre la máscara-máscara —aquella que se declara tal— y el rostro-máscara, la máscara que se oculta a sí misma para proclamarse identidad.

Finalmente, se reflexionará sobre la relación esencial entre la máscara y la intimidad, se mostrará cómo la primera es la condición material de posibilidad de la segunda, y se concluirá con una referencia al acto del amor, como aquel en el que se ofrece al otro el acceso a una intimidad que solo la máscara hace posible.

PALABRAS CLAVE: Filosofía, psicoanálisis, antropología, identidad, máscara, intimidad.

Intimacy, identity and mask

Abstract

In this article will shall discuss the being of the mask, displayed through a phenomenology of ways of dressing and disguising, in which a common territory is shared with the veil, clothing and costumes, as well as their counterparts: the face, the body and its passions.

In what follows, we shall analyze the dialectics between the mask-mask —the one that is declared as such— and the face-mask, the mask that hides to proclaim itself as identity.

Finally, we shall reflect on the essential relation between the mask and intimacy. It will be shown how the former is the material condition of possibility of the latter, and we shall conclude with a reference to the act of love, as the act in which one offers the other access to an intimacy that only the mask makes possible.

KEYWORDS: Philosophy, psychoanlysis, anthropology, identity, mask, intimacy.

Intimité, identité et masque

Resumé

Cet article traite de l’être du masque. On développe ce thème à travers une phénoménologie des manières de se vêtir et de se déguiser, où il partage un territoire commun avec le voile, le vêtement et le déguisement, ainsi qu’avec ses contreparties : le visage, le corps et ses passions.

On analyse ensuite la dialectique entre le masque-masque, celui qui se déclare comme tel, et le visage-masque, le masque qui se cache lui-même pour se proclamer identité.

Enfin, on mène une réflexion sur la relation essentielle entre le masque et l’intimité. On montre comment le premier est la condition matérielle de possibilité de la seconde ; et l’on conclut avec une référence à l’acte d’amour, comme étant celui où on offre à l’autre l’accès à une intimité que seul le masque rend possible.

MOTS-CLÉS: Philosophie, psychoanalyse, anthropologie, identité, masque, intimité.

Intimidade, identidade e máscara

Resumo

Este artigo trata sobre o ser da máscara, que será desenvolvido pela via de uma fenomenologia das formas de se vestir e se fantasiar, onde com partilha território comum com o véu, a roupa e a fantasia, tanto quanto suas contrapartidas; o rosto, o corpo e suas paixões.

A seguir, analisar-se-á a dialética máscara-máscara —assim declarada— e rosto-máscara, a máscara que se oculta a se mesma para se proclamar identidade.

Por último, refletir-se-á sobre a relação essencial entre máscara e intimidade, demonstrando como a primeira é a condição material de possibilidade da segunda, concluindo com uma referência ao ato do amor, como aquele ato onde se oferece ao outro acesso a uma intimidade que apenas a máscara faz possível.

PALAVRAS-CHAVE: Filosofia, psicanálise, antropologia, identidade, máscara, intimidade.

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Requena, J. G. (2018). Intimidad, identidad y máscara. Actio , (2), 18-25. Retrieved from http://www.iit.unal.edu.co/revista-actio/revistas/actio2-2018/actio2-2018_article1.html

Requena, Jesús González. “Intimidad, Identidad y Máscara.” Actio , no. 2 (2018): 18-25. http://www.iit.unal.edu.co/revista-actio/revistas/actio2-2018/actio2-2018_article1.html.

Requena, Jesús González. “Intimidad, Identidad y Máscara.” Actio , no. 2, 2018, pp. 18-25., http://www.iit.unal.edu.co/revista-actio/revistas/actio2-2018/actio2-2018_article1.html.

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Introducción

Quizás les parezca chocante que, junto con la máscara, suscite en el título de este ensayo dos conceptos: intimidad e identidad, que suelen ser considerados irreconciliables con el mundo del carnaval.

Intentaré, en lo que sigue, justificarlo y, más que ello, mostrarles en qué medida, solo en relación con la identidad y la intimidad, la máscara, ese sorprendente objeto que es por buenos motivos el emblema mismo del carnaval, se nos descubre en todo su valor.

La máscara, el velo y la verdad

La máscara es, ciertamente, algo que oculta el rostro.

Pero no todo aquello que oculta el rostro es una máscara. No lo es, por ejemplo, el velo, aun cuando este, como la máscara, participa igualmente de su ocultación.

La diferencia entre uno y otra, entre el velo y la máscara, ayuda en mucho a determinar lo propio de la segunda, pues el velo, sin más, tapa, oculta y se agota en ese gesto de ocultación. La máscara, en cambio, si oculta lo hace por la vía de presentar, cubriendo el rostro ocultado, otro rostro. Eso, como saben, suele dar mala fama a la máscara, haciendo que se la tenga por sinónimo de engaño, mas es este un error notable, dado que la máscara no engaña.

Por el contrario, se confiesa máscara.

Si presenta un rostro diferente al que oculta, a la vez declara que este es precisamente una máscara que, con la imagen de otro rostro, cubre aquel otro que se oculta tras ella. Por eso, si la máscara no dice la verdad sobre el rostro que encubre, tampoco miente: solo deja en suspenso esa verdad, mas en ningún caso atenta contra ella. Por el contrario, afirma su existencia, no en la verdad, desde luego, pero sí, precisamente, tras ella, en ese rostro que la máscara oculta y que, por ello mismo, queda resguardado de la visión. En otras palabras, la máscara, con su mera presencia, hace posible un espacio de ocultación tras ella, pero con esto en nada miente pues declara bien a las claras que está ahí para resguardar lo que oculta y por eso se presenta como lo que es: no otra cosa que una máscara.

De modo que solo habría una máscara mentirosa: aquella que se oculta como máscara, es decir, aquélla que pretendiera no ser máscara y, así, presentarse como el rostro que oculta, sustituyéndolo. Ahora bien, se darán ustedes cuenta si esa máscara está del lado de la mentira porque se niega a sí misma, porque oculta su condición de máscara.

La máscara, la ropa, el disfraz y el lenguaje

Prosigamos nuestra fenomenología de la máscara. La hemos perfilado ya en su relación con el velo. Atendamos ahora a su relación con la ropa.

No es una tarea inútil ni redundante pues, aunque comparte mucho con el velo, la ropa no puede ser identificada con el disfraz, sino que más bien debe ser situada en algún lugar intermedio entre el velo y la máscara. Lo anterior ocurre porque, si la ropa vela en cuerpo, no se limita a velarlo. A la vez, como la máscara lo viste, lo inviste de manera que lo dota de una determinada imagen, dando al cuerpo una forma que no es del todo la suya y que, en esa misma medida, lo esconde.

Por tanto, la ropa se aproxima más a la máscara que al velo, pero mantiene, sin embargo, una diferencia notable con la primera. Esta diferencia estriba en que la ropa tiene su contrapunto en el disfraz, que es también ropa, pero diferente a la habitual y, como tal, considerada impropia.

La máscara, en cambio, es siempre máscara, carece de ese contrapunto que es, para la ropa, el disfraz.

Cosa curiosa: el disfraz está emparentado con un verbo, disfrazarse, y ese verbo cubre tanto al disfraz como a la máscara, de modo que, del que lleva máscara o del que lleva disfraz decimos que va disfrazado.

Si la máscara no tiene el contrapunto que en el disfraz encuentra la ropa, ello se debe a que no hay vestido para el rostro, pues el rostro es precisamente una de las dos partes del cuerpo para la que, salvo en condiciones muy especiales, no usamos ropa. La otra son las manos y en ello se percibe bien que esas dos partes del cuerpo que llevamos desnudas son precisamente aquellas que poseen flexibilidad expresiva.

Son, en suma, las partes con las que participamos en la interacción con los otros por la vía del lenguaje.

La agresión y el abrazo sexual

Hay, desde luego, otras formas de interacción con los otros que escapan a la índole de los procesos que el lenguaje regula y hace posibles: en ellas es el cuerpo —ese que llevamos vestido, es decir, oculto— el protagonista.

Me refiero tanto a la agresión como al abrazo sexual.

Cuando esas otras formas de interacción se manifiestan, algo inesperado sucede en el rostro: en uno y otro caso emergen en él gestos, sonidos y expresiones que ya no corresponden a una lengua y que siempre nos sorprenden por la distancia que guardan con los estados del rostro que llamamos «normales» y que más propiamente son sociales, dado que corresponden a un rostro que participa de las reglas de la interacción comunicativa.

Las que corresponden a un rostro, en suma, de quien, solemos decirlo así, sabe comportarse en sociedad.

Así pues, nos encontramos ante dos tipos de rostros fuertemente diferenciados: uno ordenado, convencional, comunicativo y otro desordenado, inconveniente, pasional. El primero es producto de la interacción social y está por ello directamente configurado por el lenguaje. El segundo, en cambio, pertenece al orden de la pulsión y se manifiesta siempre fracturando los diques discursivos del primero.

El rostro-máscara

¿Se dan cuenta de lo que supone, lo anteriormente mencionado, para la reflexión a propósito del ser de la máscara con la que he comenzado esta exposición? Ahora percibimos que el rostro que creíamos desnudo no lo estaba, sino que estaba vestido por el buen orden de los signos del lenguaje.

En suma, él mismo está conformado como —y en esa medida es— una máscara.

Se dan cuenta de la paradoja: este rostro-máscara es más dudoso, menos sincero que la máscara. Pues, a diferencia de la máscara-máscara, el rostro-máscara no solo no declara, sino que ni siquiera sabe que es una máscara. No lo sabe. Quiero decir que, con demasiada facilidad, el sujeto que lleva esa máscara, desconociendo su carácter de tal, tiende con gran facilidad a confundirla con su propia identidad. Y por cierto que lo hace, antes que nada, en el espejo. Ante él se dispone, se muestra así mismo con el que considera su mejor gesto y trata de fijarlo.

Saben de lo que les hablo porque eso es inevitable en cierto momento de la adolescencia, pero no se preocupen —al menos los jóvenes— porque la cosa solo comienza a ser inquietante cuando se sigue repitiendo a la altura de los treinta, los cuarenta o los cincuenta años.

El caso es que por esa vía se confunde la identidad con lo idéntico, a la vez que ese rostro-máscara tiende a hacerse cada vez más rígido.

El yo y la dimensión imaginaria del rostro-máscara

El que eso suceda ante el espejo nos obliga a atender a la dimensión imaginaria del rostro-máscara, pues los signos que lo conforman se constelan en determinada imagen que les da forma y que a su vez los determina. Por cierto, enseguida deberemos corregir este enunciado volviéndolo del plural, pues ciertamente será necesario hablar de determinadas imágenes.

Decía Freud, en El yo y el ello (1923), que «el carácter del yo es una sedimentación de las investiduras de objeto resignadas», y que, en cuanto tal, «contiene la historia de estas eleccion1 es de objeto» (Freud, 1992, p. 31). Puede que les parezca este un aserto difícil, pero solo lo es para quien no está habituado al discurso psicoanalítico. Permítanme que lo explique bien rápidamente.

El yo, dice Freud, se conforma por identificación del individuo con aquellos otros a los que ha deseado y a los que, sin embargo, llegado el momento, ha debido renunciar. Aquellas identificaciones han dejado su huella en el yo, a modo de capas superpuestas unas sobre otras en las que es posible leer su historia, la historia de esas identificaciones sucesivas.

Pues bien, dado que el carácter se manifiesta en primer lugar como imagen en el propio rostro, el rostro del individuo se nos descubre ahora a la luz de esa consideración freudiana, conformado por las imágenes que ha incorporado —que ha hecho propias— por la vía de la identificación con aquellos seres deseados —los padres en primer lugar, pero luego muchos otros— a los que, de una o de otra manera, ha debido renunciar.

Esas imágenes podemos pensarlas como máscaras, pero son máscaras del segundo tipo, es decir, de esas que se desconocen a sí mismas como tales máscaras. Recuerden que Freud utiliza la palabra sedimentación: esas máscaras han quedado superpuestas unas sobre otras en función tanto de su antigüedad como de la intensidad con la que han dejado su impronta en el individuo.

Pero están, en todo caso, todas ahí dispuestas a emerger según la ocasión.

La identidad, lo idéntico y de la máscara

De todo lo que hasta aquí les he señalado, parece obligado deducir que se produce una seria confusión cuando se piensa la identidad como la propiedad de lo idéntico.

La auténtica identidad no puede ser la de lo idéntico, ya que lo idéntico, en el espacio abstracto de la lógica, se agota en tautología y en el devenir del tiempo, en parálisis mórbida, es el efecto extremo de la rigidez de la que antes les hablaba. Sobre todo, la auténtica identidad no puede ser la de lo idéntico, porque todo individuo —acabamos de verlo de la mano de Freud— porta consigo varias y diferentes máscaras, a lo que debemos añadir que es importante que él lo sepa, pues cuando lo ignora queda inevitablemente apresado en ellas y por ellas.

El valor de la máscara y del carnaval

¿Se dan cuenta ustedes ahora del valor de la máscara, quiero decir, de la auténtica máscara, de la máscara-máscara, la que se proclama tal y, por ende, del valor de ese territorio que es donde ella mejor se manifiesta, es decir, el del carnaval?

Pues el carnaval es el tiempo y la ciudad de las máscaras.

Y, siéndolo, recuerda a todos que las máscaras existen y que ellas no confieren, no pueden conferir, identidad.

Y ello, sencillamente porque son máscaras y cada máscara es inevitablemente idéntica a sí misma.

El rostro pasional y el carnaval

Ahora bien, el que ese rostro que se conforma imaginaria y discursivamente deba ser comprendido como un rostro-máscara no debería llevarnos a pensar que el otro, el rostro pasional, ese que emerge en esas otras ocasiones de las que les he hablado —las de la violencia y la sexualidad— deba ser entendido como el rostro verdadero.

Sin duda, este otro rostro —el rostro pasional— no es una máscara. Bien por el contrario, cuando emerge, lo hace con una energía inmediata que desarbola toda máscara. Es, podríamos decirlo así, un rostro desencajado, desarbolado por el estallido pulsional que en él se manifiesta.

A este propósito, debo advertirles del error en el que se incurre con considerable frecuencia, de pensar el carnaval como escenario de manifestación del rostro pasional y de sus turbulencias pues cuando así se hace se pierde de vista a la máscara y se acaba concibiendo el carnaval como todo lo contrario de lo que es, es decir, el lugar donde todos se quitan las máscaras.

Pienso que, en rigor, debemos decir todo lo contrario: solo hay carnaval mientras las máscaras permanecen ahí.

Cuando esto se ignora, se ignora igualmente que el centro del carnaval —pues, contra todo lo que se diga, también el carnaval lo tiene— está ocupado, no por la caída de las máscaras sino, bien por el contrario, por el baile de las máscaras.

Lo idéntico y los movimientos identitarios

Les decía que la verdadera identidad no puede ser la de lo idéntico. Añadamos ahora que tampoco puede ser localizada en ese estallido pulsional que se manifiesta en el rostro desencajado.

Es más, no piensen que una y otra cosa —el rostro-máscara más rígido y el rostro desencajado más turbulento— estén demasiado lejanos el uno del otro pues, por más que se nos presenten como dos manifestaciones en extremo opuestas, no por ello dejan de aparecer juntas en la arena de la experiencia.

Cuanto más rígido se vuelve el rostro-máscara del espejo, más fácil es que, llegado el momento, cuando la tensión pulsional alcanza determinado límite, la máscara estalle, se vea desarbolada y emerja el rostro pulsional.

La violencia, entonces, puede terminar anegándolo todo.

Y este es por cierto el gran peligro de esos rostros-máscaras que no cesan de ofrecerse hoy en día en forma de identidades colectivas.

Los motivos de su adhesión pueden cobrar las formas más variadas —ya sea la de la nación, la de la comunidad étnica, la del partido o la del movimiento revolucionario—, pero esos diferentes motivos para nada impiden reunirlos bajo un mismo nombre: el de movimientos identitarios.

Y ello porque, apelen a lo que apelen, dicen ofrecer la identidad, cuando realmente lo único que pueden ofrecer son máscaras.

Estas máscaras suelen ser las más rígidas pues reclaman adhesiones totales, es decir, finalmente, totalitarias, no dejando espacio alguno a la singularidad propia de cada individuo y asfixiando en él toda posible vía de su acceso al ser.

El que esa asfixia conduzca inevitablemente —les hablaba do ello hace un momento— al estallido es algo con lo que cuentan demasiadas veces las instancias que gobiernan esos movimientos identitarios y que encuentran, en la energía que esos estallidos desencadenan, su propia energía para afirmarse como tales movimientos.

La identidad, el ser y la máscara

Insistiré una vez más: la identidad no es ni puede ser la propiedad de lo idéntico pues lo idéntico es la máscara, siempre idéntica a sí misma, y eso conduce tanto a la asfixia del ser como a su estallido.

Pero se preguntarán ustedes, ¿qué es entonces la identidad, si no podemos reducirla a esa mercancía dañada que ofrecen los movimientos identitarios?

Permítanme que ensaye esta respuesta: la identidad es lo que permite identificar al individuo más allá de sus máscaras.

Porque el individuo no se confunde con sus máscaras, aunque sin sus máscaras no pueda llegar a ser. Es decir, ni en ellas ni sin ellas puede alcanzar el estatuto, la dignidad del ser.

Pero, hay que añadir de inmediato, cuando logra ser.

Porque eso, ser, ser con la densidad suficiente para poder ser identificado no es cosa fácil. Quien más y quien menos lo sabe entiende que no es cosa fácil que los otros le identifiquen, como sabe de las dificultades que encuentra tantas veces para lograr identificarse a sí mismo.

Les he hablado ya del adolescente que se confunde con la máscara que ha construido ante el espejo. Les he hablado luego de los que se confunden con las máscaras identitarias que otros les ofrecen. Podría hablarles también ahora de los que se pierden entre las diversas máscaras que portan, hasta llegar a resultar inidentificables para sí mismos. Podría igualmente hablarles de lo que se encuentra solo un paso más allá: las psicosis con sus diversas formas de desintegración y de reintegración loca.

Quisiera pedirles, en cualquier caso, que cuando les hablo del ser no lo entiendan al modo heideggeriano, pues no hago referencia a entidad alguna que trascienda la individualidad. El ser del que les hablo solo existe en la dimensión de lo singular, en lo estrictamente individual, en el limitado recinto de cada individuo.

La identidad de la que les hablo es la propiedad del individuo que logra ser, que puede reconocerse y ser reconocido a través y más allá de sus propias máscaras. Por ello, el ser, ese ser del que les hablo, el ser que puede llegar a ser cada uno, tanto cada uno de ustedes como yo mismo, no puede confundirse con sus máscaras. Ello no debe llevarnos a perder de vista la contrapartida del asunto que estriba, como acabo de indicarles, en el que ser tampoco puede ser sin ellas.

No hay para el humano un estado natural alguno al que le sea posible regresar y si lo hubiera se equivocarían si lo imaginaran deseable, pues eso solo indicaría que los parques temáticos que visitan les hacen olvidar la natural ferocidad de la naturaleza.

El acceso al mundo de la sociedad —que es el mundo del lenguaje— es ya un hecho irreversible.

Sin máscara, recuérdenlo, solo queda el estallido del rostro pulsional.

Por eso, si el ser no puede ser en sus máscaras, tampoco puede ser sin ellas pues se ha configurado a través de esas máscaras provenientes tanto de esas primeras identificaciones de las que hablaba Freud con de los discursos que las acompañaban.

De modo que es solo con ellas, pero tras ellas, reservándose a cierta distancia, en ese espacio en el que precisamente ellas vienen a hacer posible, donde puede ser el ser, es decir, donde puede constituirse la identidad que le confiere el estatuto de tal.

La intimidad, el ser y la máscara

Y esta es la otra gran virtualidad de la máscara: levanta una pantalla frente a la mirada de los otros y, al hacerlo, crea un espacio de interioridad.

Ese espacio que nada tiene de natural pues es, por el contrario, todo él obra cultural, es en mi opinión —quizás les pareceré anticuado— una de las más grandes, y por cierto más tardías y frágiles, conquistas de la civilización: me refiero al espacio de la intimidad que solo con su existencia la máscara hace posible.

Piénsenlo bien, ¿no les parece que el derecho a la máscara es el primero de los derechos humanos? Pues el derecho a que sea preservada su intimidad es indisociable del derecho a portar máscara: el derecho a que nadie, ningún amo, pueda venir a arrancarle a uno su máscara.

Pues el derecho a la máscara es el derecho a la intimidad, ese espacio interior que es el único donde el ser puede llegar a ser. Solo el ser que se oculta tras sus máscaras puede, llegado el momento, manifestarse a través de ellas porque, les insisto, la máscara no es en sí misma mentirosa.

Piensen ustedes en esos momentos decisivos de sus vidas en los que se han sentido obligados a realizar cierto acto, a sustentar cierta posición y actitud, aunque para nada nos importa ahora la índole concreta de tal situación y acto.

¿No les parece que en ese momento estaban sustentando cierta máscara? Si lo piensan atentamente se darán cuenta de que el ser de ustedes, aunque a través de esa máscara se manifestaba y por más que sintiera su necesidad perentoria, sabía que no se reducía a ella, que no era ella, sino que era detrás de ella, sosteniéndola y pudiendo sostenerla con fuerza precisamente porque no se identificaban del todo con ella.

Aquella vez ustedes acertaron o se equivocaron.

Alcanzaron el éxito o fracasaron.

Pero la cosa fue así.

Si ustedes entonces no se quebraron se debió a que fue posible que se mantuviera la distancia entre la máscara necesaria y el ser mismo que la sostenía.

Puede que les extrañe esto, pero es fácil de probar. Basta para ello con pensar en todos aquellos otros que, cuando fracasaron porque se identificaban del todo con su máscara, no pudieron resistir al fracaso y se rompieron con ella o también en aquellos otros que, cuando tuvieron éxito, lo vivieron con tamaña inflación imaginaria que ese éxito les llevó a delirarse confundidos con su máscara. Me refiero a esa gente incapaz de soportar el éxito, a todos aquellos que, confundidos con una máscara exitosa, se ven impulsados a confirmarla cada vez más, en una espiral narcisista de efectos, finalmente, no menos desastrosos.

En suma, solo el ser que no se confunde con su máscara puede resistir tanto al éxito como al fracaso, tanto a su ruptura —que será entonces depresiva—, como a su inflamación, que habrá de ser maníaca.

Lo mismo podría decir a propósito de esos momentos en los que, por vía de la violencia o del abrazo, la máscara cae y emerge el rostro pasional. Solo el ser que no se confunde con la máscara caída puede sobrevivir al estallido de su emergencia, puede llegar a contenerlo y adoptar, para seguir adelante, una nueva máscara que, con toda probabilidad, será acentuadamente más humana.

De modo que el ser no puede ser sin sus máscaras.

Pero solo conociéndolas como tales, solo en la distancia que le hace posible reconocerlas como tales, puede ser sin desaparecer en ellas.

El psicoanálisis y el baile de las máscaras

¿No es esa la tarea del psicoanálisis cuando sigue la vía del análisis del yo, no solo de sus mecanismos de defensa o de la comprensión, a la distancia necesaria, de las diversas máscaras, es decir, de las sucesivas identificaciones que lo han conformado?

Todo se juega en esa distancia necesaria, pues la identificación es inconsciente cuando el ser se confunde con su la máscara. De modo que hacerla devenir conscientemente supone construir esa distancia a través de la cual el ser puede conocer sus máscaras.

¿Se dan cuenta también de que el psicoanálisis mismo, como espacio terapéutico, se configura como un espacio especialmente ritualizado, de intimidad?

A la vez, algo tiene, en este sentido, llegado cierto momento, de baile de las máscaras. Tanto en la experiencia de la transferencia en la que se manifiestan como actuales las máscaras más antiguas, como en la de los sueños, como supo ver Freud, todos los personajes son aspectos —o máscaras— del soñador.

Esto ocurre sobre todo en su término, cuando el ser se reconoce en cierto lugar y a cierta distancia, de las que son y han sido sus máscaras, sabiéndose diferente de ellas y, a la vez, finalmente, con ellas reconciliado, una vez que ha logrado saber de sus límites, es decir, de su ser máscaras.

El amor y la máscara

Creo que se estarán dando cuenta de que el título de este artículo podría ser también el de «Apología de la máscara».

Y eso que solo ahora llegamos al momento de nombrar el más alto valor de la máscara, pues ha llegado el momento de hablar del acto del amor como aquel al que solo la máscara concede toda su verdad.

Pero debo advertirles ahora que no me refiero a ese fenómeno más o menos pasajero que es el del enamoramiento, en el que todo se juega en el despliegue de las fintas de lo imaginario, por las cuales, digámoslo así, dos máscaras son capaces de delirar juntas algo tan patentemente irreal como la fusión de sus identidades.

No, es del amor de lo que les hablo, cuya dimensión no es la de lo imaginario, sino la de lo simbólico y la de lo real.

Pues hay un acto del amor que, como les anticipaba, solo la máscara hace posible porque el ser se resguarda tras su máscara, el acto del amor puede tomar la forma, precisamente, del quitarse, pero no para cualquiera, sino solo para un otro, la propia máscara.

¿No es eso lo que, cuando lo logran, hacen los amantes?

No es cierto, como dicen tantos descreídos, que nada se da en el amor. Pues en el amor, el ser se da. Da lo que tiene. Da su intimidad. Eso que, porque tiene máscara, ha logrado resguardar de la mirada de los otros.

Listado de notas al pie

  1. Freud, S. (1992). Obras completas, Vol. 19. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu, p. 31.
    1. Freud, S. (1992). Obras completas, Vol. 19. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu, p. 31.